Texto curatorial para Cuerpo Físico / por Rubén Echagüe.
La Obertura Egmont
Desde que por primera vez tomé contacto con las obras que Chacal se proponía exhibir en esta muestra, me ronda una idea que en lugar de remitir al mundo de la plástica lo hace al de la música, pero que pese a todo me resisto a sacrificar.
Cada vez que escucho la obertura Egmont, que Beethoven compuso hacia 1810 usando como pre-texto un texto de Goethe, espero con ansiedad que lleguen los acordes finales para deleitarme escuchando las notas que el «piccolo» –el flautín, o sea el más agudo de los instrumentos de viento–, hace planear sobre la grandiosidad de toda la masa orquestal.
Que mi entusiasmo es infantil, no lo dudo. Pero el expediente beethoveniano de hacer revolotear esos trinos –como pájaros– sobre la batalla que libra el resto de la orquesta, ¿es un recurso «efectista »?
¿Es efectista el respingo afeminado que sacude al Muchacho mordido por un lagarto de Caravaggio? O para decirlo más genéricamente: ¿puede un artista que se precie ser «efectista»?
Porque la obra de Chacal está plagada de «efectos» irresistiblemente seductores: desde unos zapatos de tacón rojo rubí al rosa casi imperceptible que colorea unos opulentos glúteos femeninos, y desde la pesadilla de una cabellera roja que flota en el vacío –y que me hace recordar alguna película de terror japonesa–, hasta el rigor caligráfico de una línea ciñendo un torso de mujer, esterilizado como un Seurat. La respuesta que –según creo–, puedo ir elaborando, es que si en Egmont los centelleos del piccolo tienen derecho a brillar sobre la ignominia de un castigo injusto, en la producción de Chacal los despampanantes zapatos rojos son la única nota de color en el desnudo de un travesti que es enteramente acromático –como si lo esencial viniera de lo accesorio–, los glúteos ruborizados se avergüenzan de la inanidad de un cuerpo blanco trazado sobre un fondo –también– blanco, la cabellera roja se cierra sobre sí misma y sólo ve el mundo a través de una ranura estrecha como una vulva, y el artista ha tenido que auscultar muchos cuerpos tangibles –y deformes y estragados y repulsivos–, hasta poder «delinear» ese torso de mujer (esterilizado como un Seurat) y translúcido como un vaso de jade, que ya no es sino descarnado «teorema del cuerpo».
El interés de Chacal por indagar los arcanos de la corporeidad humana es más que evidente, y esa curiosidad por leer el mensaje cifrado de un vientre que se pliega, de una rodilla que se flexiona o de un pie que inicia la marcha, ha cristalizado en algunas escenas pobladas de personajes sobre las que, de no mediar el ingrediente de una fosforescencia cromática hábilmente dosificada, uno podría fraguar el argumento de vagas tragedias renacentistas.
Pero este camino –inverso y anacrónico, o sea valiente y desprejuiciado– hacia cierta forma de «serenidad clásica», ha sido arduo. (Antes existió la prehistoria de los homenajes a Francis Bacon, con sus criaturas atrofiadas, larvales, miserablemente amortajadas en su capullo –seres de imposible definición, como sólo los podría haber soñado Samuel Beckett–, y aun una era legendaria en la que a los apolíneos muchachos les crecían alas como a Ícaro –pegadas con cera, naturalmente–, o colas bestiales de Minotauro).
Vicisitudes y metamorfosis del cuerpo real y fantaseado, que en una de sus obras más recientes Aldo Ciccione-Chacal resume en una colosal cabeza masculina representada de perfil, y acribillada en la parte superior por infinidad de perforaciones «reales» que atraviesan de lado a lado el soporte. ¿Un golpe de efecto más? Puede que sí, pero si las perforaciones son balazos, silban con la misma fascinante agudeza con que suena el piccolo de Egmont.
Crítica de Cuerpo Físico en Página 12 / por Beatriz Vignoli.
Beatriz Vignoli-Blotta señaló en su artículo «Los trazos del cuerpo humano» publicado en Rosario 12, en Sección Plástica, el martes 13 de septiembre de 2011: «Los desnudos que dibuja Ciccione-Chacal poseen la precisión de la obra neoclásica y la expresividad del gesto romántico, con una síntesis posmodernista y belleza actual.»
El contraste no podía ser más dramático. Adentro, en la sala Schiavoni y entre muchas otras obras, un dibujo en grafito sobre papel muestra una composición de siete desnudos de ambos sexos. Son jóvenes hacinados en el piso de un sótano, entregados a diversas actitudes de desesperación, apoyándose unos en otros e iluminados apenas (aparte de la luz teatral ficticia que da volumen a los cuerpos) por un puñado de rayos que entran por un tragaluz.» «Nadie que haya visto La balsa de la Medusa puede olvidarla. Mucho menos quien pretenda denunciar, como Géricault ante la despótica monarquía restaurada de su época, los efectos sobre los cuerpos humanos de un totalitarismo deshumanizante. Los que dibuja Chacal poseen la precisión de la obra neoclásica y la expresividad del gesto romántico, combinación que ya alentaba en su precursor; sólo que en Chacal adquieren una síntesis posmodernista y una belleza actual.» (Vignoli-Blotta 2011).
Texto curatorial para Cuerpo Orgánico / por Rubén Echagüe.
La obsesión del cuerpo
¿Qué somos sino cuerpo? Su regocijado disfrute, su desgaste irrefrenable, su putrefacción repulsiva… su nada. Y en caso de acatar ciegamente la autoridad del dogma, su perpleja «resurrección»…
¿Qué otro escenario existe, para representar el goce más sublime o el sufrimiento más atroz, que no sea el propio cuerpo –nunca el del otro– sino el propio? Cuerpo que, como anota la poetisa Wislawa Szymborska en su poema Torturas, «se retuerce, forcejea, convulsiona; / cae derribado, contrae las rodillas, / se amorata, se hincha, babea y sangra». (En ese mismo texto, inspiradísimo, Szymborska concluye que, mientras el alma inasible vaga de un lado para otro, insegura de su existencia, «el cuerpo está y está y está / y no tiene dónde meterse»).
Y en este orden de ideas, bastaría con hojear cualquier historia del arte para comprobar que –desde los ángulos que trazan los famélicos Cristos medievales, hasta las obesas curvas que dibujan las odaliscas de Boucher–, el cuerpo humano, y más precisamente, el cuerpo humano desnudo, ha sido uno de los temas más explotados por los artistas occidentales de todos los tiempos.
Aldo Ciccione-Chacal, también fue permeable –¡y en qué medida!– a esta omnipresente seducción del cuerpo (que «está y está y está»), pero con algunas paráfrasis y desviaciones mucho más osadas, oníricas y perturbadoras, que las que matizan la producción de otros autores.
Desde ya que Chacal alcanzó un grado de virtuosismo en el abordaje del desnudo clásico, que no muchos dibujantes, en los tiempos que corren, podrían adjudicarse, pero no se limitó a celebrar intencionadamente la belleza corporal, como David celebra la de Leónidas y los soldados espartanos en su lienzo del Louvre, o el Bronzino la de Venus y un equívoco Cupido adolescente, en su Alegoría de la National Gallery de Londres.
Su pericia –y avidez– representativa, también incluyó cuerpos maltrechos y estragados por el paso del tiempo y, lo que es más sugestivo aún, antes de esta larga dedicación a la estructura anatómica minuciosamente explorada y reproducida, yo recuerdo la invención de inquietantes criaturas larvales, como capturadas en algún momento de su oscura y soterrada metamorfosis. La secuencia sería, pues, larvas imperfectas, cuerpos plenamente maduros y ¿después qué? Este «después» –descontando, por lo demás, que en todo artista que se precie estos después serán siempre provisionales–, quizás lo constituya la pavorosa ruptura de límites, que se postula como el plan subyacente en esta muestra.
Roto el receptáculo cerrado del cuerpo –el estallido conceptual y formal, es desasosegante pero incruento–, sus órganos se desplegarán en frisos sin principio ni fin –en un desfile de arquetipos innominados, antes o después de cumplir con su asignación funcional específica–, y como el gesto demiúrgico que manipula tanta vida difusa actúa «de adentro hacia afuera» (del presunto contenido, hacia el presunto continente), el último velo infinito será el de la piel, de una piel que sueña cómo fue o cómo será, el trémulo bajorrelieve –que fue o será– el soporte de su forma…
Planteo inusual y aventurado como pocos, que nos alienta a descubrir vagos detalles anatómicos donde a todas luces no los hay, pero cuya pasmosa vitalidad inexplicable no debería sorprendernos demasiado: ¿Spinoza no enseñó, acaso, que «el alma y el cuerpo son una sola y misma cosa»?
Crítica de Cuerpo Orgánico en Página 12 / por Beatriz Vignoli.
Beatriz Vignoli-Blotta dice en el texto crítico «Cómo dibujar el lado oscuro de la piel» publicado el 16 de abril de 2019 en Rosario 12:
«…la muestra luce una infrecuente combinación de elegancia y contundencia.
Elegancia, en el sentido de llegar a la solución de cada problema por el camino más hermoso y breve. Que con diez obras se pueda articular un potente manifiesto visual sobre la existencia y el dolor, en un lenguaje plástico cuya belleza y extrema economía formal se asemejan a la de un buen poema, no es un logro menor en tiempos de sobresaturación informativa que deja gusto a poco.
A la inversa, Chacal transmite sensaciones intensas dejando ver lo mínimo.»
«Sin embargo, el lenguaje de Chacal es bien contemporáneo. Además de permitirse intervenir el plano con objetos reales, él hace un buen uso de su virtuosismo educado en el claroscuro neoclásico para jugar astutamente con la superficie del papel, interviniendo con la “sublime música” del “chiqui chiqui chiqui del lápiz” solamente en ciertos puntos clave de la composición donde inventa pliegues, que de esta manera sugieren una volumetría imaginaria en lo realmente liso. Cada toque bello y preciso transforma así la hoja en blanco en algo corpóreo, humano, tenso, de piel u otros tejidos, dando a vivenciar un cuerpo herido (o sus tripas) con aquella sensibilidad que Herbert Read calificó de “háptica” y que en neurología se conoce como “propioceptiva”. Y que filosóficamente es existencialista, sin duda.» (Vignoli-Blotta 2019).